La huella invisible de la inteligencia artificial
Gissele Farrera
CRÓNICA FEMENINA
Habiendo muchas ocasiones en que no nos damos tiempo de leer e investigar, dando uso de las novedades que el nuevo milenio trajo a nuestras vidas, muchas veces por comodidad, por ignorancia, por satisfacer nuestros placeres, no alcanzamos a ver las dimensiones de los perjuicios que pueden haber detrás del uso de la tecnología.
Hay algo curioso en nuestra relación con la inteligencia artificial al utilizarla desde un simple teléfono:
“Escribimos una pregunta, esperando unos segundos, aparece la respuesta”.
Todo parece de lo más sencillo; pero detrás de esas palabras que aparecen en nuestra pantalla existe un mundo que casi nunca vemos: grandes centros de datos, servidores, procesadores, electricidad, sistemas de enfriamiento y recursos naturales.
La inteligencia artificial también deja una huella en nuestro ecosistema, quizá ha llegado el momento de empezar a preguntarnos cuál es.
¿CUÁNTA AGUA HAY DETRÁS DE UNA PREGUNTA, DE UNA INVESTIGACIÓN, DE UNA IMAGEN?
En los últimos meses han circulado cifras que aseguran que cada pregunta realizada a una inteligencia artificial consume grandes cantidades de agua, llegando la realidad a ser más compleja, pues no existe una cantidad universal.
El consumo depende del modelo utilizado, del lugar donde se encuentra el centro de datos, de la tecnología de enfriamiento, de la electricidad necesaria y de otros factores.
Google publicó en 2025 una medición de sus aplicaciones Gemini y estimó que una medida de texto mediana utilizaba aproximadamente 0.26 mililitros de agua, alrededor de cinco gotas, aclarando la empresa que se trata de una medición específica de su infraestructura y metodología, no de una cifra aplicable a toda la inteligencia artificial. Aparentemente 5 gotas parecen o significantes, pero sumemosle el tiempo y la cantidad de usuarios por segundo…
¿Qué ocurre cuando esas cinco gotas se multiplican por millones de consultas?
Ahí comienza la verdadera dimensión del problema.
NO ES SOLAMENTE AGUA
La inteligencia artificial también necesita electricidad y está, en su mayoría es producida por medio de plantas hidroeléctricas -AGUA-.
Los centros de datos no funcionan únicamente para las aplicaciones de inteligencia artificial; almacenan y procesan muchos otros servicios digitales. Pero el crecimiento de la IA está impulsando la construcción y expansión de infraestructura informática de gran capacidad.
La Agencia Internacional de Energía estima que los centros de datos utilizaron alrededor de 415 teravatios-hora de electricidad en 2024, aproximadamente el 1.5% del consumo mundial de electricidad. La misma agencia prevé que esta demanda aumente considerablemente durante los próximos años.
Así también, los servidores generan calor; para funcionar correctamente necesitan sistemas de enfriamiento, y algunos centros de datos utilizan agua en esos procesos.
Cuando hablamos de inteligencia artificial, no estamos hablando solamente de computadoras, estamos hablando también de agua, energía, infraestructura y territorio.
Generar una imagen mediante inteligencia artificial puede parecer sencillo al utilizarla, solo es dar órdenes.
“Pedimos:
-Hazme una fotografía-
-Ahora cambia el vestido-
-Pon otro paisaje-
-Hazla más realista+
-Prueba otra-
-Y otra…-“
No nos detenemos a pensar que cada generación requiere procesamiento, un estudio que comparó distintos modelos de generación de imágenes encontró diferencias importantes entre ellos y calculó un promedio de aproximadamente 2.9 Wh de electricidad por imagen dentro de los modelos analizados; eso no significa que todas las imágenes consuman exactamente esa cantidad, significa que generar imágenes mediante IA también tiene un costo energético que normalmente no vemos.
Considero que deberíamos preguntarnos:
“¿Cuántas imágenes necesitamos realmente?”
Tal vez sería injusto señalar a una persona porque utilizó una herramienta de inteligencia artificial ya sea en una pregunta, una imagen, una traducción, una tarea, una búsqueda.
Por sí solas, esas acciones pueden representar un consumo pequeño, el desafío aparece cuando el uso se multiplica por millones de personas, millones de consultas y millones de contenidos generados diariamente; esa es la diferencia entre mirar una gota de agua y mirar un río.
La IEA señala que, aunque el consumo energético por tarea de IA está disminuyendo rápidamente gracias a mejoras de eficiencia, el número de usos y las aplicaciones que requieren mayor capacidad también están creciendo.
La tecnología se vuelve más eficiente, pero también la utilizamos cada vez más y esa contradicción merece nuestra atención; no se trata de tenerle miedo a la tecnología, la inteligencia artificial también puede aportar enormes beneficios:
-Puede apoyar la educación.
-Ayudar en investigaciones.
-Facilitar traducciones.
-Apoyar a personas con discapacidad.
-Optimizar determinados procesos.
-Ayudar a profesionales.
-Facilitar el acceso a información.
-Incluso puede contribuir a encontrar soluciones para problemas ambientales y científicos.
-Apoyo en problemas psicológicos, médicos y hasta personales.
No sé trata talvez de reducir o eliminas la IA, debería reducirse, quizá debería de aprender a emplearse de manera responsable:
Antes de generar diez imágenes, preguntarnos si necesitamos diez.
Antes de pedir veinte veces una respuesta, preguntarnos qué estamos buscando realmente.
Antes de utilizar una herramienta por comodidad, pensar si podemos resolverlo nosotros mismos.
No porque una consulta vaya a salvar al planeta; sino porque la responsabilidad ambiental también está hecha de pequeñas decisiones.
La inteligencia artificial llegó, hacemos uso de ella y probablemente seguirá transformándose, no necesitamos rechazarla, “necesitamos conocerla”, saber qué puede hacer, saber qué no puede hacer, qué beneficios ofrece, qué riesgos tiene y también qué recursos necesita.
Detengámonos a pensar que detrás de una pantalla que parece limpia, silenciosa e inofensiva, existe una infraestructura que consume recursos reales como el agua, la energía y materia prima extraída del planeta.
El avance tecnológico, no consiste solamente en crear máquinas cada vez más inteligentes, también consiste en aprender a utilizarlos sin olvidar el mundo que las sostiene.